Conchita Rivera, gracias por enseñarme que la vida es bella

El Articulo de Opinión de Llanos de la Rosa Cifuentes nos relata que durante sus años de formación, tuvo la oportunidad de conocer y entrevistar a mucha gente interesante. Pero ninguna le dejó una huella tan profunda como la de Conchita Rivera. Éste es su particular homenaje y recuerdo de una mujer tan carismática

Conchita Rivera Diario de Alicante
Llanos de la Rosa
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El día que Conchita Rivera me abrió la puerta de su casa yo era una estudiante de Periodismo, con veintidós añitos seguía asomando el pico con miedo a través del cascarón en el mundillo de las entrevistas. El día que toqué ese timbre, yo me había perdido, hacía frío y llovía. Así que, con toda esa mezcla, podéis imaginar lo nerviosa que estaba. Siempre me ponía nerviosa antes de entrevistar a alguien. Pero Conchita me abrió la puerta y consiguió que dejara de estarlo. La sonrisa con la que Conchita me recibió emanaba calidez y alegría. Y ganas de vivir.

Pero la vida de Conchita no fue siempre alegre, aunque pudiera parecer lo contrario. Las ausencias hicieron que perdiera las ganas de seguir. Aquel día me confesó: “Me quedé sin fuerzas, hasta rezaba para morirme”. Pero, tras una pausa, Conchita volvió a sonreírme y entonces me contó que un día decidió que quería vivir. Fue ese cambio en ella y lo que me contó a continuación lo que inspiró mi relato: Conchita Rivera: El arte de querer vivir.

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Empezó por ir a clases de pintura en un centro sociocultural para regalar a sus nietos cuadros. Cuando yo llegué a su casa, apenas tenía espacio para más pinturas o dibujos. A pesar de las diferencias, todos los cuadros tenían algo en común: “Son como soy yo, alegres y coloridos. Optimistas”, me explicó Rivera.

Conchita Rivera Diario de Alicante
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Rivera también escribía poesía. En sus versos hablaba de la vida, de las ganas de seguir; aunque, sobre todo, supo llenar de verde sus estrofas. Del mismo verde que tiñen las palmeras Elche, la ciudad que tanto amaba. Y de musicalidad, porque Conchita también cantaba –lo hizo en el programa donde colaboraba yo por aquel entonces-, incluso interpretaba.

La mañana llegaba a su fin. Hacía tiempo que ya no estaba nerviosa, al contrario, habría pasado unas cuantas horas más escuchando sobre la vida de Conchita. “Te habría invitado a comer un plato de lentejas si te hubieras dejado”, recuerdo que me dijo el amigo que me puso en contacto con ella. No comí con ella, pero me regaló dos creaciones que tengo muy a la vista. Una semana más tarde, Rivera recibiría un homenaje en la Calahorra de Elche, de la mano de sus amigos poetas de El Picudo Blancoal que también tuve la fortuna de asistir. Sentí que era una mujer enormemente querida. Yo misma sentía que podría quererla con facilidad.

Conchita Rivera me dio un chute de energía, una lección y me inspiró tanto aquella mañana que jamás olvidaré, que recibí muy apenada hace unas semanas la noticia de su muerte. Quizá no la disfruté cuanto hubiera querido, pero fue una de esas personas que me marcó de por vida, por su historia, por su forma de ser, de haber hecho frente a las penas a través del arte, pese a su edad. Ella me recordó, en primer lugar, por qué quería ser periodista: para contar historias como la suya, de personas que todo el mundo debería conocer. En segundo lugar, y quizá más importante, por qué “la alegría puede ser otra forma de resistir” – como diría Almudena Grandes-. Gracias Conchita. Por dejarme una huella tan profunda y sobre todo, tan bella.

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