Mujeres que ofrecen sexo gratis en Internet para engañar a hombres necesitados

En el mundo cibernético hay una infinidad de portales donde no sólo se ofrece un servicio sexual pagando, también las hay que ponen el gancho de la gratuidad para aprovecharse de la necesidad humana

sexo gratis Diario de Alicante
Josep Manel Sánchez
Juega Limpio Orihuela

Una de las cosas que tiene el verano es poder reencontrarse con amigos que hacía tiempo que no nos veíamos por cuestiones personales. En esos rencuentros, que se llevan a cabo en un la terraza de una bar con vistas a bloques de edificios de arquitectura insípida, uno se pone al día de cómo le ha ido todo este tiempo en el que no nos hemos llegado a ver. Esto me ocurrió con un amigo, que acabó contándome como había sido estafado por una mujer…

Cuando nuestras consumiciones estaban por la mitad y parece que no había nada interesante que nos hubiese ocurrido a ambos, surgió la frase que lo cambió todo: “Mi última cita se aprovechó de mi ingenuidad”. Entonces el interés se centró en esas palabras que despertaron mi disposición a absorber la historia que venía detrás. En todo este relato, omitiré el nombre de mi amigo, ya que como víctima se encuentra emocionalmente abatido.

No sabía cómo contarme la historia y notaba que se sentía avergonzado por lo que le había pasado, además de desilusionado. Había encontrado una web donde se ofertaban mujeres por sexo gratis. Y a pesar de que no era lo que mi amigo iba buscando, ya que, él buscaba conocer a alguien, decidió mandar un mensaje, que no tardó ni un día en ser respondido por una chica que vivía en Alicante.

Me mostró toda la conversación y, aparte de las faltas de ortografía que no entraré a valorar, la joven dejó entrever que no tenía experiencias en citas ni para describirse física y emocionalmente. “No tengo experiencia en citas, así que es algo puntual, me urge pagar una cosita”, le comentó textualmente, dejándole caer que la cita no le saldría barata.

Le dijo que era de Andalucía, un dato que corrobora mi amigo tras escuchar su acento cuando quedó con ella. A la chica le urgía pagar el alquiler atrasado y puso el anuncio. No habían pasado ni diez minutos de conversación y ya le hablaba de sexo. Le informó del tiempo que estarían y, casi sin venir a cuento, le explicó lo que a ella le gustaría hacer y que le hiciesen. También le mencionó que tuvo una cita y le salió mal, a pesar de que confió mucho. Después de tejer esta presentación, le pidió 80 euros y una foto. Ambos se pasaron las fotos, la de ella  en una pose un poco sensual, para después preguntarle cuándo sería la cita. Mi amigo preguntó dónde tendría lugar y ella ofreció su casa, matizando que sería un encuentro pasional.

Otra de las cosas que le propuso fue una ducha juntos y cuando ya vio que por fin había picado su víctima, le contó que tenía que llevar unas llaves a su trabajo y que si la recogía en la gasolinera, cerca de las 400 viviendas de Alicante. Le explicó que iría con leggins negros, camiseta rosa de tirantes, pelo recogido y gafas de sol, puesto que ella sabía en qué coche llegaba él. Además, le pidió que cuando estuviese a diez minutos de llegar al lugar indicado, la avisara.

Mi amigo se retrasó y la chica, inquieta al ver que no le contestaba los mensajes de Whatsapp, decidió llamarlo e inventarse una historia sobre que alguien la estaba acosando y que se diese prisa en llegar. Una vez que la recogió, ella le explicó lo sucedido con el acosador inexistente, ya que, según mi amigo, aparte de algún coche repostando sólo estaba ella en la gasolinera. Por fin, le indicó cuál era su casa, ubicada en una de las calles de las 400 viviendas de Alicante, y aparcaron el coche. Debo matizar que este tipo de cosas pueden ocurrir en cualquier lugar. En este caso, da la casualidad de que sucede en este barrio, pero podría haber sido en otro barrio de la ciudad alicantina.

La joven le contó que era de un pueblo de Sevilla y que había emigrado por un tema de violencia de género. De momento parecía todo normal. La chica rondaba los treinta años de edad, con una estatura de alrededor de un metro sesenta y su pelo era largo, ondulado y oscuro. Tenía los ojos grandes, labios finos y nariz chata. Pero su característica principal era lo mucho que hablaba, según mi amigo, demasiado.

Vivía en un quinto sin ascensor. Una vez dentro de la casa, le llevó hasta la habitación, donde mi amigo le preguntó el nombre. Se llamaba Sandra. Ella le pidió el dinero por adelantado y también que se desnudara para pasar al baño y ducharse juntos. El baño, justo al costado de la habitación, era un tanto diminuto y sucio. Solo había sido limpiado en algunas zonas, con demasiada prisa, ya que el olor a lejía era reciente. Antes de que ella desapareciese por completo, le dijo que tenía una sorpresa preparada para él, algo que quizás no se esperaba.

 

Su vida en peligro

Sandra le pidió que abriese el grifo de la bañera mientras iba a comprobar que se conectaba el calentador. Fue las últimas palabras que escuchó de ella, pues se había marchado, dejándole solo en el piso.

Por unos instantes temió por su vida, porque no sabía si ella aparecería con alguien para propinarle una paliza y robarle dinero.  Aunque ya no tenía un céntimo, a no ser que fuese al cajero. Echó un vistazo a aquella casa de un baño, un dormitorio, una especie de sala de estar y una cocina un tanto envejecida. En el dormitorio, los muebles estaban deteriorados y en el armario, la ropa se amontonaba. Al abrir uno de los cajones de una mesita descubrió una pipa de hachís y mucho papel de aluminio. Minutos más tarde, le llegaron unos mensajes de Whatsapp. Era Sandra, contándole una historia inverosímil y diciéndole que se encontraba en la farmacia de la esquina. Le explicó que había ido allí a comprar preservativos, pero como estaba su vecina le daba vergüenza cogerlos y le pedía que bajara deprisa a comprarlos él. Además, le dijo que se estaba quedando sin batería en el teléfono.

Mi amigo ya sabía que a partir de aquí ya no la volvería a ver, y aunque siguió el juego para ver donde le llevaba aquello, se sentía engañado. Una vez que bajó a la calle, ella le bloqueó. Intentó llamarla para pedirle explicaciones e incluso le envió mensajes preguntando por qué motivo le había timado, pero ya no hubo respuesta. Fuentes policiales consultadas por este diario explican que, aunque se trata de un engaño, al no haber forcejeo ni violencia, pues mi amigo entregó el dinero por voluntad propia, no existe entonces la tipificación de delito como tal.  A ojos de la sociedad es como si le hubiera regalado dinero a esa chica.

Los estafadores o estafadoras amorosos son muy comunes en Internet, estos consiguen bajar la barrera de protección que se suele tener cuando estamos conociendo a una persona. El estafador muestra una careta débil, tierna, sensible y sensual hasta que le cuenta a su víctima las dificultades económicas. Por suerte, mi amigo salió con vida de allí, pero podría haberse cumplido lo que temió cuando se quedó solo en el piso. La estafadora sólo se aprovechó de la buena voluntad de mi amigo, que cuando descubrió que ya no la iba a ver, se derrumbó emocionalmente. El sentimiento de culpa y la sensación de no haber visto venir el engaño antes, para haberlo evitado, se han apoderado de él y le producen gran desconfianza hacia otras chicas que sí podrían tener buenas intenciones.