Estamos sufriendo una sustracción de derechos y del ejercicio de defensa de la cosa pública. No se trata de que se pueda o no acudir a los tribunales, sino de que, una vez en ellos, se nos escuche; de que no se violen derechos y principios, de que no se mire para otro lado en cuanto a la cosa pública se refiere. Es cierto que hoy en día ningún derecho se encuentra a salvo: ni el de los individuos ni el de los pueblos, ni privado, ni público ni de gentes. Luchar contra ello, ¿cabe otra posibilidad que sea digna? Nuestra pendencia no es otra que el debate por el Derecho.
Luchamos por el derecho privado y por el derecho público, por defendernos de la arbitrariedad de las administraciones en su gestión pública, en su inexistente atención a las normas, por defendernos de la parcialidad, de la tergiversación y de la mentira.
‘Se trata de lo de todos, de lo legado por generaciones’
No todos pueden entender esta lucha por la defensa de la res pública, de dominio y ámbito igualmente público, del escenario de todos, de lo urbano. El entendimiento más romo podría comprender que el patrimonio cultural y edilicio de la ciudad no merecen el particular sufrimiento y el sacrificio de parte de la ciudadanía si no hay trueque, si no media un “a cambio de…”, una contraprestación. En general, pocos van a entender la confrontación, mientras que otros se preguntarán por qué no ceder ante los gestores públicos.
Sin duda, en este caso no es una cuestión de lo tuyo o de lo mío, se trata de lo de todos, de lo legado por generaciones pasadas con el obligado compromiso de mantenerlo en perfectas condiciones de estabilidad, seguridad y de durabilidad. Se trata de preservarlo ante cualquier acción dañosa que lo ponga en riesgo con el fin de que perdure para las generaciones venideras.
En otros tiempos la cosa del enfrentamiento por lo mío o lo tuyo se zanjaba en la lid y se hacía resaltar la verdadera significación de la lucha. En ella, la espada era la llamada a poner término al conflicto tras los desafíos. La lucha no era únicamente por la cosa material, se defendía algo más: el derecho y el honor, además de la propia persona.
Respetar lo señalado en los artículos 46 y 103 de la Constitución Española
Hoy y aquí, no hay ventajas materiales para quienes luchan por sus convicciones e ideales contra una Administración local que viene acomplejada obviando su obligada posición a respetar lo señalado en los artículos 46 y 103 de la Constitución Española: mantener y preservar el patrimonio cultural. Los tribunales de justicia, que igualmente quedan sujetos al imperio de la Ley y a los principios, vienen obligados a controlar los actos de las Administraciones, velar para que sean ajustados a derecho (artículo 106.1 del mismo texto legal). Todo ello de conformidad con lo señalado en el artículo 9.3 de esa misma norma suprema.
Es cierto que en ocasiones y, a pesar de resultar lesionados los derechos que se creen deben ser respetados por todos principalmente por las Administraciones tutelantes-, no se mantiene una tensión constante, se baja y se enfunda el sable a la vez que se inclina una mirada sobre el camino batallado ¿Ceder ante el adversario o resistir ante sus arbitrariedades? No hay tregua para la cesación de acciones cuando está en juego la defensa del derecho de todos.
La ausencia de la verdad, de la objetividad e imparcialidad son, en este caso, el bastión central de la cosa litis. Hay que añadir el desinterés de quienes ostentan sillones que permiten la toma de decisiones.
Las responsabilidades del cargo
Hay muchas formas de eludir las responsabilidades del cargo y de la posición que se ostenta, las dimanantes de las omisiones, las de no entrar a analizar, escuchar y atender a quienes saben, las de mirar para otro lado. Y, lo que aún es peor, las de resolver a sabiendas de que la decisión no es ajustada a derecho -prevaricar-.
Cuando no se tiene solvencia para afrontar cuestiones que no siempre gustan o apetecen, se opta en muchos casos, por hacer flexionar articulaciones sobre quién se atreve a ejercer sus derechos de ciudadano en la defensa de aquello que es público y por ende, de todos. Se mira con desconfianza y se le da la espalda al osado ciudadano que se enfrenta a la Administración y, en un acto de no querer saber, se abandonan las obligaciones y cometidos del cargo.
Si no se lucha contra LA MENTIRA, contra la injusticia, venga de donde venga, no hay derechos. Resistirse a la injusticia, como decía Rudolf Von Jhering en su “La lucha por el Derecho”, es un deber del individuo para consigo mismo, porque es un precepto de la existencia moral y un deber para con la sociedad. El que se ve atacado en su derecho, o en el de la res pública, debe resistir: esta es una obligación que todos debemos tener y hacer cumplir. Si así fuera, las cosas no estarían como están.
En “El origen de la Justicia”, de Jordi Nieva Fenoll, se exponen los motivos y prelación por los que el ser humano históricamente ha venido asediando y siendo origen de conflictos: no haber evolucionado desde los primates, sus intereses, que se vienen repitiendo desde el principio de su existencia, no son otros que el poder, el territorio, la jerarquía y la hembra.
‘Se deja a un lado a quienes acreditan los hechos’
La falacia, la mentira, es una forma de violentar y perjudicar al otro en beneficio propio. La mentira no nos vino de los primates, nace con el lenguaje y se fortalece y madura con el desarrollo de nuestra capacidad de percepción de los estados mentales de los otros.
“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. No debe ser muy verosímil y no deben opinar así quienes con mucha frecuencia y de forma relevante faltan a ella desde posiciones de la función pública, arruinando los principios de imparcialidad, objetividad y de lealtad institucional.
Faltan a la verdad como el respirar y sin duda lo peor no es que mientan, que sí, sino que sean escuchados, atendidos y creídos en sus falacias y que, por el contrario, no se escuche, ni se atienda a quienes saben y pueden ilustrar. No se deja a un lado a quien falta a la verdad por mero interés personal del cargo, y sí a quienes acreditan los hechos con trabajos, análisis y estudios pormenorizados realizados por facultativos y entidades competentes.
Así que la verdad, lejos de hacernos libres, creo que nos hunde en un mundo de desesperanza y desolación dado que la mentira ha pasado a formar parte del ADN. La mentira nos divide, nos enfrenta, la verdad nos une.


