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jueves, 1 diciembre 2022

Juan Garaizabal dona una de sus esculturas al Ayuntamiento de Alicante

El alcalde inaugura “Memoria del Mar nuestro: pasado y futuro” y se fotografía aupado a una de las piezas expuestas en la Lonja del Pescado

El escultor Juan Garaizabal ha donado al Ayuntamiento de Alicante una de las piezas del grupo escultórico que desde ayer se expone en la Lonja del Pescado bajo el título Memoria del Mar Nuestro: pasado y futuro. El alcalde, Luis Barcala, inauguró la muestra, que podrá visitarse hasta el 27 de febrero de 2022, y no dudó en encaramarse a una de las construcciones que, alzadas 3 metros del suelo, evocan la grandeza de las ciudades mediterráneas del pasado, confrontadas a imaginarias ciudades de futuro, para preguntarse: ¿seremos merecedores del gran legado histórico que los pueblos de esta órbita marina reflejaron en su arquitectura?

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Con esta donación y su futura ubicación en un espacio abierto, Alicante se suma a la red de ciudades internacionales en las que la obra de Juan Garaizabal se exhibe de forma permanente y pública: Miami, París, Pekín, Shanghái, Berlín, Venecia o Washington. Será además la primera plaza de la cuenca mediterránea que acoja públicamente su obra.

La exposición quiere provocarnos una reflexión sobre la generosa historia del Mediterráneo y un esfuerzo colectivo para lograr que los tiempos que vengan recuperen aquella fortaleza, el esplendor y el empuje que sus pueblos costeros dejaron latente en la arquitectura y las demás artes. Junto al alcalde, acompañaron ayer tarde al artista el concejal de Cultura, Antonio J. Manresa, el comisario de la muestra, Rafael Sierra, y la coordinadora de la sala municipal de exposiciones la Lonja del Pescado, Catalina Rodríguez. 

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Internacionalmente reconocido por sus obras públicas y monumentales, Garaizabal (Madrid 1971) nos transporta de Roma a Alejandría, de Beirut a Barcelona; con él recorremos los templos de Estambul, las quasbahs de Argel, las alquerías de Alicante: son la evocación de estas 15 piezas de entre 2 y 5 metros de altura que se funden en una sola ciudad imaginada y futura. El pasado se proyecta en enormes lonas de algodón crudo, gastado, donde reconocemos trazos arquitectónicos que ya solo pertenecen a la memoria, telas que en sí mismas nos retrotraen a la vida de un antiguo zoco. El futuro se levantará sobre este telón a base de nervios de acero, luz y edificios verticales que recuperan materiales como botellas de plástico reciclado y que enfrentan al cielo su silueta hecha en metales brillantes. La tensión entre ambas texturas, la pátina desgastada de las lonas y el brillo de los metales, como si nunca fuera a apagarse, sintetiza la reflexión del escultor sobre el paso del tiempo.

Propone un cruce de miradas 2.000 años atrás, 2.000 adelante, para alentar la conciencia y el esfuerzo colectivos. Busca el artista la complicidad e interacción del público –que podrá introducirse en las construcciones y deambular por el conjunto arquitectónico–, conminando al espectador a sentirse parte de ese pasado y responsable de su futuro, creando conciencia crítica a través de la emoción que el arte nos transmite. “Me interesan esas ciudades en las que sus habitantes se preocupan e incluso se obsesionan por el futuro del lugar, y este grupo escultórico pretende crear debate en torno a ello, incitando opiniones, voluntades y deseos”.

“La grandeza –explica– es nuestra forma de definir algo que nos apabulla, nos sorprende favorablemente, y ¿cuántas veces esta condición está en relación directa con la obra humana?” Garaizabal se detiene en la arquitectura de las ciudades primeras e imagina el paisaje urbano del futuro, dejándonos en el aire una pregunta: ¿seremos merecedores de ese gran pasado?

No es solo un orgullo para la ciudad –ha manifestado su alcalde, Luis Barcala–, sino un reto y una responsabilidad, porque nos convierte en pioneros de esta ambición de futuro: un tiempo por venir que está en nuestras manos, las de todos los ciudadanos”.

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