El pueblo mapuche frenó en seco, a la altura de lo que hoy es Concepción, la vertiginosa expansión por los Andes hacia el Sur del Imperio Inca. El incanato iba engullendo cada comunidad indígena que encontraba en su guerra relámpago, sustituyendo la cultura comunal de la veneración a Ñuke Mapu por la imposición del quechua, de los ritos imperiales y de los tributos al Inca. Lo que no había conseguido el desierto de Atacama ni el Aconcagua, a ambas vertientes de los Andes fue logrado por los mapuches mucho antes de la llegada de Diego de Almagro. Y ni siquiera él, ni ninguna expedición española, consiguieron doblegar su resistencia.

Seiscientos años después, las comunidades mapuches siguen haciendo frente a la vorágine expansiva de la agricultura, ganadería y a las expropiaciones forzosas a precio de saldo impuestas por Argentina y Chile para permitir las explotaciones mineras o madereras.

En El Bolsón, una pequeña comunidad mapuche cercana a la turística ciudad de San Carlos de Bariloche, en la Región de los Lagos, se había integrado desde hacía meses el joven criollo de 28 años Santiago Maldonado, que subsistía ejerciendo de tatuador. Cometió el atrevimiento de ponerse de lado de los mapuches en el conflicto surgido por el trazado de una carretera que, de construirse, invadirá territorio ancestralmente sagrado.

El fatídico 1 de agosto, Maldonado fue detenido por la Gendarmería en una redada efectuada en el poblado mapuche como represalia a su participación el día anterior en un corte de carreteras en protesta por las expropiaciones. Su rastro se pierde después de que fuera conducido a un vehículo oficial de la Gendarmería.

América entera está llena de carteles en busca de personas desaparecidas: adolescentes fugitivos, víctimas del tráfico de menores y embaucadas por la trata de blancas. La desaparición de un vagabundo más, debieron pensar en la Gendarmería local, pasará desapercibida. El caso Maldonado se ha convertido, sin embargo, en un escándalo político. Argentina está plagada por doquier de pasquines con el lema “¿dónde está Santiago Maldonado?”.

Las primeras denuncias de los mapuches por la desaparición fueron ignoradas por la Gendarmería y la Fiscalía local. Las de la familia, despreciadas por la Ministra de Seguridad, que se apresuró a cerrar filas con la versión de la Gendarmería. Transmutó en prófugo el estado del desaparecido y le acusó, sin prueba alguna, del asalto sangriento a un quiosco producido en la zona ese mismo día. Los resultados de las pruebas de ADN de los rastros de sangre tardaron una eternidad en hacerse públicos pero descartaron rotundamente la versión oficial.

Las madres -ya abuelas- que todavía dan vueltas en la Plaza de Mayo frente a la casa Rosada, no tardaron en amadrinar el caso. El único éxito militar del siglo XX de las valientes fuerzas armadas argentinas consistió en hacer desaparecer a treinta mil personas armadas con las manos desnudas y, un poco después, haber enviado a los reclutas de la infantería de marina a ser degollados por los gurkhas británicos en las Malvinas, mientras los oficiales ponían pies en polvorosa. Ese trauma, como el de la Guerra Civil española, no se cura por decreto.

Además, el 22 de octubre hay elecciones en Argentina. El país tendrá que optar entre avalar las políticas neoliberales y centralistas bonaerenses de Macri, que están recortando aceleradamente subsidios y bonos básicos para la población empobrecida, o propiciar el retorno de los justicialistas de Cristina Kirchner, acorralada, como el Partido Popular en España, por innumerables casos de corrupción.

El eslogan “Si atacan a Cristina, la defiende Argentina” manifiesta que la iconografía de Evita sigue viva. Que las Madres de la Plaza de Mayo coreen “con Cristina en el Gobierno, saldremos del infierno” causa perplejidad. La mayoría de los ministros del Gobierno de Macri pertenecen a familias multimillonarias con sus capitales depositados a buen recaudo fuera de Argentina. Que ese gobierno eluda la responsabilidad de la Gendarmería en una desaparición es espeluznante porque muestra que los fantasmas del pasado siguen ahí.

La explosión popular demandando la aparición con vida de Santiago Maldonado, demuestra, por el contrario, que todavía hay esperanza para Argentina.

 

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