Las 500 noches de Barcala

Francisco Sanguino escribe un artículo de opinión sobre los primeros 100 días de Luis Barcala como alcalde de Alicante.

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Hoy domingo leo una entrevista a Luis Barcala tras los primeros 100 días de gobierno local. Partiríamos de una falacia, puesto que él lleva casi año y medio de poder. Barcala se mece en el mar de los 150 millones de deuda que dejaron Alperi y Castedo cuando él era concejal, travesía que el Stanbrook del tripartito tuvo que salvar durante tres años en una escala de oleaje que daría dolor de cabeza a Douglas. Acusa a la oposición de no ser constructivos.

¿Cuándo Barcala ha sido constructivo si ni siquiera cuando es alcalde lo es? Dice que somos hipócritas porque criticamos que se aumenten los asesores mientras le pedimos más efectivos. El PSOE no le ha pedido nada ni antes ni ahora porque el PSOE ni le pide ni se ofrece a su toreo de salón. En cien días Barcala ha hablado una sola vez con el portavoz de un partido que tiene tantos concejales como el suyo. Un sola oferta “de truco o trato” y un tour por la Casa Consistorial con arrojo de capa al suelo para no ensuciarse de pasado.

Barcala lleva 500 noches sin saber qué hacer con la ciudad, 500 días pulsando el botón de pausa, escribiendo sus iniciales y almidonando los proyectos que estaban en marcha, sacándose el muerto de encima. Apartándose para que no le salpique. Barcala es el rey del papel cuché, de la cita del chocolate y del requiebro a la viuda, el comendador del cinismo, el deán de la deslealtad camuflada de promesas de días felices de pétalos y mosto, el secretario del abandono de sus propios concejales (los de ahora y los de antes) solos, fané y descangayados. Barcala es el lector de tabaco que despista a las cigarreras con el cuento del emperador disfrazado. Barcala ni gobierna ni se mete en esos líos, se entretiene a horas de oficina con cuitas y recelos de otros. Bastante tiene con escribirle a Ciudadanos Las noches de Cabiria, así que busca desesperado un algoritmo que le sustituya y no lo encuentra, pega las patas de la silla que le sierran. Barcala no sabe por dónde tirar y no le preocupa, se “patea” Alicante con canotier y bastón, exhibe sonrisa y un diente de oro que cuando ríe ciega más que brilla.

Mientras, en el presbiterio del PP algunos maestres ciegos le enseñan las chicuelinas de Alperi y Castedo y le desmontan el traje con la excusa de rehacérselo a la moda. Y a medida.

Francisco Sanguino.