Reciclar chatarra ahorra energía y minimiza la huella de carbono también en Alicante

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Descubre la relación entre la chatarra y la calidad del aire. Iniciativas clave para combatir la polución urbana se discuten aquí.

Hace algo menos de una década, la Organización de las Naciones Unidas (más conocida como ONU) publicó un dato bastante impactante: «Nueve de cada diez personas en el mundo respiran aire contaminado». En aquel entonces, la primera propuesta que se sugirió para combatir esta polución consistía en crear espacios verdes, aprovechando que los árboles y, en general, las plantas absorben el dióxido de carbono, que es el gas de efecto invernadero con el que estamos más familiarizados. Posteriormente, bajo el paraguas de reducir el efecto invernadero, se han planteado nuevas iniciativas como las Zonas de Bajas Emisiones, que obligan a las ciudades con más de 50.000 habitantes a limitar el acceso y la circulación por el núcleo urbano de los vehículos más contaminantes.

Alicante, con sus más de 366.000 residentes, es una de las capitales de provincias españolas donde, aparte de las ZBE impulsadas por los respectivos ayuntamientos, hay empresas del sector privado que han decidido aportar su granito de arena con el reciclaje de chatarra. Este término, que alude a todos los restos de metal que no se utilizan, pero que se podrían volver a usar después de pasar por unos procesos muy concretos, procede del euskera txatarra, que significa textualmente lo viejo.

Generalmente, la chatarra designa aquellos trozos y aquellas aleaciones que sobran, que no se han empleado, y que están formadas únicamente por hierro o presentan este metal en su composición. En el caso de Derichebourg España, cuya planta de reciclaje de chatarra alicante se ubica en el polígono de Pla de la Vallonga, se reciclan dos tipos de chatarra: la chatarra férrica, que es la clásica, la que comprende todos los trozos de hierro que se desechan, y la chatarra de metales no férricos. En este otro grupo, entre otros, figuran el cobre, el aluminio, el zinc y el plomo.

Preservar el entorno, uno de los objetivos del reciclaje

Como sucede en el resto del país, la mayor parte de las empresas de la Comunitat Valenciana se dedican al sector servicios. Sin embargo, uno se percata de esto sólo cuando suma las pymes y las multinacionales de este sector. De no hacerlo así, observaríamos que las empresas que más abundan se dedican a dos cosas: a fabricar productos metálicos, que no sean ni equipos ni máquinas, y a fabricar elementos metálicos para la construcción.

Esto significa que más de 4.000 empresas valencianas, repartidas por las provincias de Castellón, Valencia y Alicante, trabajan exclusivamente con metal en su día a día. La International Energy Agency publicó el año pasado un informe en el que muestra cómo la demanda de ciertos metales sigue al alza; en concreto, el litio, el níquel y el cobalto, cuya obtención ha generado un aumento del 85 % en la demanda de energía.

En el caso concreto de Alicante, la preocupación por el impacto negativo que la industria siderúrgica genera en el medioambiente ha llevado a realizar alguna que otra investigación sobre la contaminación por metales pesados en la comarca del Bajo Vinalopó, cuya ciudad más importante es Elche. Asimismo, la Asociación de Vecinos de La Cañada del Fenollar considera que la preocupación por el impacto de la metalurgia tiene fundamento, pues, según indica la propia asociación, algunos de estos metales pesados contaminan el agua.

El plomo, el cobre y el zinc, que Derichebourg España también recicla en sus instalaciones en Alicante, son ejemplos de estos metales (menos ligeros que el aluminio) cuyo vertido podría dañar los cultivos e intoxicar tanto a las plantas como a las personas que las consumen.

8.000 m² para transformar la chatarra en algo nuevamente útil

La importancia de reciclar metales se aborda en normativas legales como la Ley 7/2022, de 8 de abril, de residuos y suelos contaminados para una economía circular. Derichebourg España dispone, con este fin, de varias plantas de reciclaje de chatarra distribuidas por todo el país y también por Portugal. Los orígenes de esta compañía, ligada desde el principio al oficio del chatarrero, se remontan a los años cincuenta. En la actualidad, se ocupa de la gestión integral de residuos industriales, peligrosos y no peligrosos. Su equipo recoge baterías, cables, envases metálicos, vehículos no utilizados y, por supuesto, chatarra.Para todo ello, cuentan con una flota de camiones que se desplaza hasta las empresas, donde su personal recoge los desechos de metal generados por las compañías. También aceptan electrodomésticos y cualquier otro aparato que ya no sirva y se haya fabricado con metal. El objetivo es transformar todos estos restos (la chatarra) en metales que se puedan utilizar otra vez.De este modo, los metales se reciclan continuamente, lo que minimiza el impacto negativo en el medioambiente: no se consume tanta energía, no se contamina el entorno natural, se fomenta la economía circular, se minimiza la huella de carbono y se reintegran los metales en el mercado, para que las fábricas los vuelvan a usar en sus procesos de fabricación.Por lo general, el reciclaje de la chatarra contempla cuatro frases:

  1. Recogida de los restos metálicos procedentes de lavadoras, coches, excavadoras… que ya no se utilizan.
  2. Separación y clasificación al mismo tiempo de la chatarra. En función de su composición, puede ser chatarra férrica, no férrica o mixta.
  3. Trituración y compactación de la chatarra en bloques.
  4. Fundición de la chatarra y posterior venta y distribución entre las empresas que la necesitan, como las fábricas de productos metálicos y elementos metálicos para la construcción, que tanto abundan en la Comunitat Valenciana.

Dicho todo lo anterior, y tal y como comenta la Asociación Metalgráfica Española, reciclar una tonelada de chatarra requiere entre un 70 % y un 95 % menos de energía que fabricar una tonelada de metal desde su materia prima. Así pues, la labor que empresas como Derichebourg España realizan en Alicante es clave para evitar que los desechos metálicos, que tardan años en descomponerse —las latas tardan aproximadamente diez años y las pilas y las baterías incluso un siglo—, contaminen el entorno.