La gran hipocresía

El mejor juguete para los niños/as es la paz

hipocresía Diario de Alicante
Josep Manel Sánchez

Paseo por los planos inclinados playeros de un litoral mediterráneo. El horizonte húmedo e indeterminado levanta el amplio ángulo del cielo, de un azul eléctrico. El mar está en una calma extraña, azoica, como un ataúd de agua conservada en sal, donde reposan numerosas ilusiones fallecidas, miles de corazones con los palillos rotos; seres humanos que intentaron huir del horror de las guerras, del hambre y la sed, de las violaciones y las torturas, en busca de tierras lejanas más amables, prósperas y solidarias. Estoy harto de estas playas silenciosas, que no gritan ni me susurran apenas nada, Yo grito contra el horizonte y solo vacío me devuelve.

Nunca en cualquier guerra de la historia presente o pasada, fueron culpables las gentes humildes, que lo único que hicieron fue trabajar como esclavos, en tiempos de paz, y huir como fugitivos de sus propios países, en tiempos de “pactadas” contiendas, libradas todas, por intereses económicos millonarios a “conquistar”.

Los perpetuos e intangibles señores de la guerra, dueños absolutos de la “selección” contra natura de la especie humana; los que siempre permanecen y nunca mueren, los inmortales de los feudos, de los países, de las naciones, de los estados, los que siembran la cizaña en los pueblos para crear monstruos dictadores, son los mismos, cuyas manos invisibles modelan, aleccionan y manipulan a políticos/as dándoles cuerda como a volubles muñecos, para que se muevan como sonámbulos bajo el vudú del poder.

Ya va siendo hora de actuar cuanto antes en los países en guerra, dejemos los negocios a un lado y paremos las guerras: diplomáticos, ciudadanos/as, ejércitos, todos a una. Europa, Estados Unidos, países del norte de África, organizaciones humanitarias…PAREMOS LAS GUERRAS, porque sí se puede, si todos queremos. Trabajemos en la misma dirección, denunciemos una y otra vez los bombardeos, los atentados, los genocidios… que las voces se vuelvan robustas, roncas, afónicas –no por el fútbol-, y revienten los tímpanos de esos nubarrones gordos y negros, culpables, no solo de nuestras posesiones materiales precarias, sino también de nuestras conciencias: ¡YA BASTA!

Tenemos entre todos/as que pactar una salida democrática auténtica entre todas las partes, u obligando a pactar, en nombre de los habitantes soberanos de sus territorios en guerra, y sin menoscabo de sus riquezas autóctonas y minerales, con la tutela internacional permanente, hasta conseguir la estabilidad y autonomía total de los ciudadanos/as, sobre los medios materiales y culturales de sus respectivos pueblos.

Me gustaría algún día, cercano, paseando de nuevo por las playas levantinas – más inclinadas todavía y tocando el paseo marítimo-, encontrarme con un viejo turista sirio y darle la mano. Y que me dijera en un herido castellano: “Llegasteis algo tarde, pero a tiempo de que el fuego no se extendiera por todo el mundo”. “Si amigo –le diría-, pensemos que todos/as somos ciudadanos/as del mundo, cualquier injusticia nos afecta por igual, porque las injusticias, y más, las belicistas, giran con este jodido pedrusco y nos puede, cualquier día, tocar a cualquiera.”

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