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Lo que la pandemia nos ha quitado en 1 año

Reflexionamos sobre cómo han cambiado nuestras vidas en este año pandémico, que tanto nos ha quitado, pero también enseñado.

Hoy hace justo 1 año que el Gobierno declaró el Estado de Alarma en nuestro país como consecuencia de la pandemia del COVID-19. ¿Qué nos ha quitado el virus en este tiempo? ¿Cómo ha cambiado nuestras vidas?

Consecuencias del Estado de Alarma

El 14 de marzo de 2020, el Gobierno declaraba el Estado de Alarma en España para gestionar la emergencia sanitaria, provocada por la propagación del COVID-19. No olvidaremos nunca la comparecencia del Presidente Pedro Sánchez, que terminaba diciendo “lo peor está por llegar”. Una frase que silenció a un país y que congeló nuestros corazones. Y no se equivocó, porque lo peor vino, con miles de muertos al día y contagios masivos. El coronavirus de repente azotó a nuestra sociedad a todos los niveles: sanitario, económico, productivo, laboral, familiar y social. 

Tuvo lugar entonces una situación inédita en este país, la peor desde la Guerra Civil. Comenzó el confinamiento domiciliario, un hecho que generó bastante polémica. Esto supuso que no podíamos salir de casa, salvo para las situaciones de extrema necesidad que decretó el Gobierno. Y lo que parecía que iba a ser 15 días, duró 99, un número que “casualmente” representa en la ONCE la agonía. 

Durante ese tiempo, no se nos permitió salir de nuestros hogares ni reunirnos con nuestros familiares, amigos y compañeros. Teníamos que estar en casa para evitar el contagio de un virus, que parece ha llegado para quedarse. Bajo el lema “Quédate en casa”, tanto administraciones públicas como colectivos de sanitarios y cuerpos de seguridad, nos pedían a los ciudadanos que fuéramos responsables y que permaneciéramos en casa. La famosa canción “Resistiré” del Dúo Dinámico se convirtió en un nuevo himno nacional y las 20h en un punto de unión y de aplausos desde balcones y terrazas, para luchar contra la pandemia, homenajear a las personas que estaban y están en primera línea y lanzar un mensaje claro: todo saldrá bien. 

Imagen : http://policialocalugt.es/

El coronavirus provocó nuestro encierro, el bloqueo de las fronteras, el fin de los viajes, de los encuentros y de los momentos de diversión y felicidad junto a los nuestros.  Atrás quedaban cenas con amigos, comidas en familia y visitas a nuestros mayores. Incluso los más pequeños dejaron de ir al colegio. También tuvimos que dejar de hacer deporte, salir a pasear o disfrutar del teatro y del ocio. Y con la pandemia además llegó el fin de los besos y abrazos. Todo ello con un objetivo común: frenar al COVID-19. 

Un año de pérdidas, pero también de superación y solidaridad

Desde entonces, ha sido un año difícil, el más complicado de este siglo para este país. Un año de limitaciones, tristeza y sufrimiento. Un año de echar de menos a los seres queridos. Un año de dejar de viajar y disfrutar de los paraísos de España y del resto del mundo. Un año de perder trabajos. E indudablemente ha sido un año de muertes, de demasiadas muertes. 

La pandemia ha colapsado el sistema sanitario y ha reforzado vulnerabilidades y penurias entre las personas con mayor riesgo de exclusión social. Quienes no tenían hogar tuvieron que confinarse en cajeros y quienes perdieron el trabajo acabaron en las colas de comida de las entidades sociales.

Sin embargo, esta situación trágica sacó a la luz la solidaridad de un gran número de personas para apoyar a las que peor lo estaban pasando. De hecho, se crearon numerosos grupos de ayuda en redes sociales, como una cadena de eslabones humanos para hacer llegar comida y productos de primera necesidad a quienes no tenían nada. Las asociaciones pusieron las máquinas a todo gas y no ha habido un día hasta hoy que no hayan velado por las personas más vulnerables. 

Y si hablamos de vulnerabilidad, tenemos que mencionar a nuestros mayores. Esos héroes y heroínas que acabaron solos confinados en sus casas o en residencias, sin la visita de los suyos y sin poder salir a la calle por ser colectivo de alto riesgo.

Cabe destacar la empatía de vecinas y vecinos y el trabajo de voluntarios de Protección Civil, que enseguida se volcaron con las personas ancianas, para llevarles productos alimenticios y medicamentos. Mientras, los mayores solos, sin quejarse y sin lamentarse, demostraban una capacidad de adaptación que ha sido, es y será todo un ejemplo de superación.

El fin del turismo, la hostelería, el ocio y las fiestas en Alicante

Imagen de un restaurante cerrado en Alicante

No cabe duda que el COVID-19 ha puesto en riesgo nuestras vidas, nuestro núcleo familiar y nuestra estabilidad emocional, pero también ha azotado con fuerza a los sectores productivos. Con el confinamiento llegó el cierre de negocios de toda índole, solo se salvaron los de productos de primera necesidad, como supermercados o farmacias. Los demás, comercios, bares, restaurantes, hoteles y locales de ocio entre otros, tuvieron que echar las persianas sin saber cómo iban a sobrevivir ellos y sus familias cada mes. Y desde entonces llevan reclamando, mediante concentraciones y reuniones con responsables políticos, un plan de rescate urgente para evitar su hundimiento. Es más, en una ciudad tan turística como Alicante supuso tal mazazo que algunos cerraron y ya no han vuelto a poder abrir.

En 2020 nos tuvimos que olvidar de las escapadas de Semana Santa y de la tradicional romería de la Santa Faz. Cuando en junio fuimos “libres” para salir de nuestras casas, teníamos la esperanza puesta en disfrutar de las Hogueras, pero tampoco pudo ser. El coronavirus avanzaba con fuerza en España y cayeron también las principales fiestas de todos los municipios, como los Moros y Cristianos. “Nos queda el verano” pensamos, y es que si hay algo que disfrutamos aquí en Alicante es de nuestro maravilloso clima y nuestras espectaculares playas y calas.

Con el calor llegó la liberación, aunque con límites. Recordábamos con nostalgia aquellas fiestas multitudinarias, esos conciertos de verano y aquellos encuentros masivos en chiringuitos de playa o tardeos en Castaños. Fuimos libres por un tiempo, pero con muchas restricciones; podíamos tomar algo en grupos pequeños en una terraza, pero no bailar desenfrenadamente en una pista; podíamos ir a la playa, pero no recibir todas las visitas de cada año de familiares y amigos. Era peligroso, y aún lo sigue siendo.

De hecho, las reuniones sociales se convirtieron en el principal foco de propagación del virus, así que del “Quédate en casa” pasamos al “vete a la playa solo o no quedes con nadie”.

Aún así, el verano fue un respiro tanto para alicantinos y residentes de la provincia como para empresarios afincados en nuestra tierra. Por fin pudieron abrir, por fin pudimos disfrutar de sus terrazas, de las vistas frente al mar, mientras degustábamos alguno de los platos de la variada cocina mediterránea.  Mientras en otras comunidades la situación era crítica, en la Comunitat parecía que íbamos mejorando, aunque fue tan solo una ilusión, ya que con el fin del verano y la llegada del frío, el COVID-19 cogió fuerza aquí y provocó de nuevo el aumento de restricciones. 

Salvar la Navidad trajo consigo la tercera ola de contagios

A fin de mejorar la situación de angustia y desesperación de la ciudadanía tras 9 meses sin apenas ver a familiares y amigos, los diferentes gobiernos autonómicos se plantearon aliviar medidas para permitir las reuniones en los días de la etapa navideña. 

Queríamos reunirnos con los nuestros, incluso abrazarlos aunque fuera con la mascarilla puesta.  Lo necesitábamos. Necesitábamos ese contacto con las personas que queremos. Por ello, “salvar la Navidad” se convirtió casi en un eslógan y en un objetivo marcado por los políticos. Y una semana después, en el culpable de la tercera ola de contagios, ya que en enero, tras el fin de las fiestas, la curva de casos positivos aumentó de forma exponencial, fruto de las cenas de Nochebuena y Nochevieja, las comidas de Navidad y la noche de Reyes. Familias enteras se contagiaron de COVID-19 en esas fiestas. Esto trajo de nuevo más limitaciones como el toque de queda y una recomendación general: volver a quedarnos en casa. 

El coronavirus nos quitó la vida, pero nos ha devuelto la fuerza

Y así estamos todo un año, en nuestras casas, sin poder reunirnos con los nuestros, sin encuentros en grupo, sin viajar, sin disfrutar de las pistas de bailes, sin Carnaval, sin Semana Santa y sin fiestas.

Pero dicen que en los peores momentos encontramos la fuerza necesaria para salir adelante, y es indiscutible que esta crisis global nos ha ayudado a ser más fuertes. El COVID-19 ha cambiado radicalmente nuestras vidas y nos ha llevado a adaptarnos a una “nueva normalidad” que no esperábamos. Hemos cambiado nuestros hábitos y la limpieza y la higiene se han convertido casi en una obsesión a fin de alejar el virus de nuestras vidas. También hemos aprendido a vivir con lo necesario y sobrellevar la ausencia de quienes queremos. 

Ahora además sabemos trabajar desde casa, hacemos las compras on line y hasta hemos acabado tareas que teníamos pendientes, como pintar paredes de una habitación. Algunas personas han montado un gimnasio en sus hogares; no cabe duda que la imaginación no tiene límites y hemos visto utilizar garrafas de agua como pesas y escaleras y pasillos como circuitos de entrenamiento. Y cocinar se ha convertido en una terapia de escape. Incluso somos más tolerantes con normas difíciles de cumplir, como la de llevar mascarilla en muchas horas del día. Hemos avanzado en muchos aspectos, tanto que hasta nos hemos puesto las pilas con las nuevas tecnologías.

La pandemia ha propiciado el auge de la comunicación digital

Para muchas personas la pandemia trajo la oportunidad de iniciarse en el mundo digital. No quedaba otra. Seguimos hablando por videollamadas con los nuestros, para poder vernos y comunicarnos en la distancia.

Es más, hemos enseñado a nuestros mayores a usar los teléfonos móviles para hablar con sus nietos. Y los ayuntamientos y movimientos vecinales han creado iniciativas para reunir voluntarios que hagan llamadas puntuales a  los ancianos para que no se sientan solos.

El móvil y los ordenadores se han convertido en nuestros compañeros en el día a día, para sobrellevar el encierro, las limitaciones y la soledad. Llevamos ya un año viéndonos las caras a través de pantallas, hasta los estudiantes reciben su formación de esa manera. El auge de las tecnologías digitales sigue creciendo tanto que muchos comercios tradicionales se han apuntado a la venta on line para intentar salvar sus negocios.

En definitiva, el COVID-19 nos paró la vida, pero también ha provocado que nos tengamos que reinventar a todos los niveles. Si hay algo bueno de esta crisis mundial, es que hemos aprendido a superarnos y tener la capacidad ver la luz en la oscuridad, mientras esperamos la ansiada vacuna que nos inmunice contra el virus y nos permita volver a “la normalidad”.

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