Al principio, surgiendo de una oscura tranquilidad, unos jóvenes vascos danzan de forma alegre y confiada, ajenos a lo que va a venir. La tragedia llega por el aire, primero como un zumbido maléfico, después como la lluvia infernal de miles de bombas arrojadas sobre la indefensa población civil. Bombas, esos extraños artefactos que ellos no habían visto nunca y que desde aquel día marcarán ya sus vidas y darán paso a una nueva forma de hacer la guerra.
Así arranca este espectáculo cuyo director, coreógrafo, dramaturgo e iluminador es Martín Harriague. Una mezcla de danza, tanto tradicional como contemporánea, teatro y música en directo, esta faceta a cargo de Stépahne Garin, Xavi Etxebarri y Patxi Amulet. Todos estos elementos construyen un relato perfectamente comprensible, cercano y a veces sobrecogedor de lo que fue el primer bombardeo masivo sobre la población civil.
El 26 de abril de 1937 era día de mercado en la localidad vasca de Guernica. La guerra civil española había empezado hacía casi un año, pero el frente quedaba lejos y Guernica era tan solo un lugar de paso de tropas, sin ningún tipo de defensa antiaérea. Sin embargo, la Legión Cóndor y la Aviación Legionaria, enviadas por Alemania e Italia para apoyar a Franco en la contienda, utilizaron esta localidad vizcaína como banco de pruebas para lo que luego serían los ataques contra civiles en la segunda guerra mundial.



En pocos minutos se desató un infierno. Sobre la villa de Guernica cayeron toneladas de bombas, tanto explosivas como incendiarias, mientras los cazas ametrallaban sin piedad a la población civil. Hubo cientos de muertos, miles según recientes investigaciones. Guernica se convirtió en un símbolo del horror. Tres meses después del bombardeo, Picasso pintó su famoso cuadro que se ha convertido en un manifiesto contra la guerra.
El montaje de Martín Harriague ofrece varios guiños a este lienzo simbólico, entre ellos la aparición de un caballo muerto, una de las figuras más llamativas del cuadro de Picasso, y que funciona como un elemento dramatúrgico de gran impacto.
Otro factor importante de la obra es la música, interpretada en directo por tres músicos vascos. A veces tiene un aire tradicional, casi ancestral, como melodías llegadas de los más profundo de los bosques de Euskadi. En otros momentos se convierte en un elemento dramático, con la incidencia de un profundo violín y de unos juegos de voces que emulan los coros de una tragedia griega.
La coreografía está concebida como un desafío. Se trata de una fusión entre los lenguajes tradicionales de la danza vasca, estilo del que proceden los cinco danzaris de Bilaka, y la danza contemporánea que caracteriza el trabajo de Martín Harriague.
En el tramo final del espectáculo, tras algunas partes más teatralizadas que nos sugieren la llegada de los oscuros y violentos tiempos de la dictadura, los bailarines vuelven a danzar con fuerza, incluso con rabia, como una forma de preservar su identidad.
Según la propia compañía, el objetivo de su espectáculo es escuchar la resonancia que aún queda de lo sucedido aquel día en Guernica, y rendir un homenaje a la ciudad martirizada.
Como podemos escuchar al final de la obra: “Nosotros somos lo que danzamos, y nuestras danzas nos hacen indestructibles”.


