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sábado, enero 17, 2026

El sucesor designado

Juan Francisco Pérez Llorca podría convertirse en el sucesor designado a la Generalitat Valenciana tras la dimisión de Carlos Mazón

En política, igual que en la ficción, hay momentos que lo cambian todo. No por estrategia, no por ambición, sino por catástrofe. Y en la Comunitat Valenciana, la catástrofe tuvo fecha: 29 de octubre de 2024. La DANA que segó 229 vidas, arrasó municipios, desbordó ríos, colapsó infraestructuras y puso al límite los sistemas de emergencia no solo dejó daños materiales. También abrió un ciclo de debate público sobre la gestión institucional ante fenómenos extremos, un debate que se prolongó durante meses y que marcó el clima político de todo un año.

La complejidad en la coordinación entre administraciones, la presión de una ciudadanía afectada y la dificultad de encajar narrativas en un contexto tan sensible terminaron derivando en una erosión progresiva de la posición de Carlos Mazón. Fue una dimisión en diferido, consecuencia de un tiempo políticamente convulso, en el que las expectativas, las responsabilidades compartidas y las percepciones públicas conformaron un escenario que acabó por hacer inevitable su salida.

Cuando el president decidió marcharse, no dejó simplemente un aprente relevo pendiente: dejó un vacío que requería la conformidad de Madrid. Un vacío político, institucional y narrativo. Ese vacío es el verdadero origen del ascenso de Juan Francisco Pérez Llorca.

Un nombre

Su llegada a la primera línea no responde a un liderazgo construido paso a paso ni a un proyecto político que estuviera ya desplegado ante la ciudadanía. Responde a la misma lógica que en Sucesor designado: cuando ocurre una catástrofe que descabalga al líder, el sistema necesita un nombre. Alguien que pueda asumir el mando sin generar fracturas adicionales. Alguien que, simplemente, pueda ocupar el despacho mientras se recompone la estabilidad.

Pérez Llorca se convierte en ese alguien para el Partido Popular.
No porque fuera el heredero natural, sino porque era el disponible, el asumible y el que encajaba en la urgencia.

Su perfil (discreto, disciplinado, orgánico, con influencia especialmente asentada en Alicante) no parecía destinado a liderar la Generalitat a corto plazo. Pero la política valenciana, tras la DANA, dejó de funcionar con normalidad. Entró en modo contención. Y en ese modo, los partidos priorizan la estabilidad sobre la ambición, la continuidad sobre el riesgo, el silencio sobre el protagonismo.

El reto (casi) imposible: legitimarse

Pérez Llorca tendrá ahora que hacer algo que los sucesores designados rara vez consiguen a la primera: legitimarse a posteriori.

Convertir una investidura producto del desastre en un proyecto propio.

Pasar de ser el presidente que llega porque otro se va al presidente que toma decisiones con autoridad real.

Y lo tendrá que hacer en un contexto nada sencillo: una cámara fragmentada y con puentes debilitados, Vox reclamando un papel decisivo en la investidura, una oposición fortalecida tras la dimisión de un president y, por último, una sociedad valenciana aún debatiendo qué falló, cómo se actuó y cómo evitar que un episodio como la DANA vuelva a desbordar al conjunto del sistema institucional.

No es el primer valenciano que asciende a Molt Honorable sin pasar por una elección directa: ya fue el caso de José Luis Olivas en 2002 o de Alberto Fabra en 2011. Sin embargo, que su presidencia sea un paréntesis o un punto de inflexión dependerá de si logra trascender el origen excepcional de su nombramiento. Porque, nos guste o no, su punto de partida es este.

Pérez Llorca no llega porque su partido estuviera preparado para él, sino porque la mayor catástrofe en años descarriló al presidente que sí estaba previsto para el cargo.

Eso convierte a Juan Francisco Pérez Llorca en el presidente que no estaba previsto.
El sucesor designado.