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Personas mayores, un año sin besos ni abrazos

Las personas de avanzada edad, llevan un año en residencias sin tener contacto físico con sus familiares. Muchas han muerto allí solas.

Hoy hace un año que el Gobierno declaró el Estado de Alarma para gestionar la pandemia del coronavirus, que nos ha cambiado la vida. Aunque no cabe duda que hay un colectivo que ha sufrido y sufre más que ninguno: las personas mayores. Y, en especial, las que viven en residencias.

Las personas mayores de residencias, condenadas al aislamiento y la soledad

Las personas de avanzada edad que viven en residencias fueron confinadas incluso antes de la declaración del Estado de Alarma. Desde Consellería mandaron recomendaciones a los centros de mayores para evitar que el virus entrara allí, así que ya desde primeros de marzo en muchas residencias se restringieron las visitas. Y con la declaración de la emergencia sanitaria se pusieron fin a las visitas que implicaran un contacto físico con sus usuarios.

Un año después, la situación es prácticamente la misma. Es más, han estado semanas e incluso meses sin ver a sus seres queridos, al declararse brotes masivos de COVID-19 en la mayoría de residencias de todo el país. Muchos ancianos han tenido que pasar las Navidades entre 4 paredes. Y, lamentablemente, miles han muerto solos en sus habitaciones de coronavirus y de otras patologías. Ni siquiera se les ha podido dar un entierro al uso. 

Posible violación de los derechos humanos de los mayores

A lo largo de estos 12 meses, diferentes asociaciones que velan por los derechos de las personas mayores han reclamado un alivio de medidas de confinamiento para ellas, ya que la imposibilidad de ver y tocar a quienes quieren ha empeorado considerablemente su estado de ánimo y su bienestar. De hecho, Amnistía Internacional ha denunciado que el colectivo de avanzada edad en residencias “ha sufrido desde marzo cinco violaciones de derechos humanos”, como el derecho a la libertad y a la no discriminación por edad. 

De hecho, al igual que la OMS (Organización Mundial de la Salud), afirmaban que “hubo personas residentes necesitadas de atención médica sanitaria a las que no se les dio la oportunidad de un tratamiento adecuado de posible COVID-19 u otras patologías que padecían, ni en la residencia ni en un hospital.” 

Por otro lado, la Sociedad Española de Geriatría, ya elaboró diferentes manuales para el trato de mayores en residencias, incidiendo en la importancia de que estuvieran comunicados con aquellos familiares, allegados o amigos o con otros miembros de la comunidad, optimizando el uso de tecnologías para ello. Y, obviamente, recomendaban evitar, en la medida de lo posible, la contención física y el aislamiento total. 

El aislamiento empeora su estado emocional y cognitivo. Y aumenta el riesgo de muerte temprana.

Ahora, las personas mayores pueden recibir visitas de sus familiares más allegados. Normalmente, una vez por semana, una media hora. Sin embargo, ven a sus seres queridos a través de una mampara de cristal. Como en una cárcel más o menos. Y eso que la mayoría ya están vacunados. No les pueden tocar. Llevan un año, un año entero sin recibir abrazos, ni besos ni caricia alguna. Un año aisladas “para salvar su vida”, pero ¿qué consecuencias tiene a nivel emocional y cognitivo “este encierro”? ¿Cómo afecta a sus capacidades esa soledad?

Hay numerosos estudios que confirman que la soledad es un factor de riesgo de depresión y deterioro cognitivo, tal y como informan desde la Sociedad de Geriatría. La soledad y el aislamiento social provocan en las personas de avanzada edad daños irreparables y aumenta el riesgo de mortalidad. Es lo que solemos llamar “morir de pena”.

No sorprende que la ausencia de relaciones sociales impacta negativamente en el día a día de las personas mayores. Pensemos cuánto nos ha afectado al resto de ciudadanos un confinamiento de tres meses. Cuanto más tiempo pasan solos, más piensan en cosas negativas, y aunque son fuertes como robles por todo lo que les ha tocado vivir, la tristeza les quita ganas de seguir adelante. 

Tras muchos meses hablando con diferentes expertos en el ámbito de las personas mayores y colectivos más vulnerables, podemos afirmar que el coronavirus ha provocado que los que viven en residencias se sientan encerrados permanentemente y separados de sus seres queridos. Esta situación aumenta su tristeza y provoca episodios de depresión o ansiedad, lo que perjudica también su sistema inmunitario, y, por tanto, les hace más vulnerables al contagio del coronavirus.

Además, el aislamiento extremo provoca un impacto negativo en su salud psicológica y emocional, con efectos que pueden llegar a ser irreversibles, en casos de enfermedades neurodegenerativas. Es tan complicada su situación que cuando están en los últimos días de vida, ni siquiera pueden tener a uno de sus seres queridos que les acompañe en su último suspiro. Mueren solos, o , con suerte, acompañados de algunos de los sanitarios con los que conviven día a día en sus residencias. 

Los ancianos una vez más han tenido que adaptarse sin quejarse, los que viven en sus casas por estar siempre solos y no poder salir nada más que para lo imprescindible, y los de las residencias, doblemente confinados. Por un lado, aislados del exterior y, por otro, durante semanas e incluso meses entre cuatro paredes, sin juntarse ni en zonas comunes. Este panorama desolador tiene muchas consecuencias negativas para ellos: la reducción de actividad física como paseos, aumenta la pérdida de movilidad y los dolores musculares y articulares. El aislamiento incrementa considerablemente el deterioro cognitivo, al dejar de realizar talleres de estimulación mental, tertulias o terapias grupales.

La soledad afecta a su estado emocional y anímico, incluso puede provocarles episodios críticos de insomnio y ataques de pánico. Sí, tienen miedo, tienen miedo a morir solos, tienen miedo a que sus seres queridos enfermen de coronavirus y no puedan estar para cuidarlos. Y, lo que es peor, tienen miedo de que mueran, porque dicen que no hay nada más duro para una madre o un padre que “enterrar” a un hijo. 

Por ello, esta prohibición de recibir visitas en sus centros residenciales como medida preventiva, se ha convertido en la culpable de su soledad. Las personas mayores, las primeras en ser confinadas y las últimas en recuperar la libertad.

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