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Loa al lenguaje

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El rigor y la precisión que confiere emplear las palabras de manera completamente idónea es absolutamente fascinante. Entender y aplicar todos los matices que se esconden tras los vocablos trae consigo la fusión del hablante con el lenguaje. Y si, además, se es conocedor de la evolución histórica de la lengua y la etimología de los términos (entre otras sutilezas lingüísticas), se alcanza el súmmum de la comunicación. En el ámbito comunicativo oral, la dificultad para conseguir esta tamaña empresa radica en la espontaneidad; mientras que,al elaborar un discurso escrito, se precisa de complementos adicionales como una cuidada y acertada ortografía y puntuación. Todo esto orquestado, por supuesto, entorno a las tres propiedades antonomásticas de un texto: la coherencia, la cohesión y la adecuación. Por otro lado, como curiosidad, cabe señalar que, tras la última revisión de la RAE, el diccionario normativo contiene un total de noventa y tres mil ciento once palabras, de las cuales un veinte por ciento se corresponden con americanismos. Aún así, este diccionario no incluye, ni de lejos, la totalidad de las palabras reconocidas en el castellano a lo largo de toda su historia, puesto que, en ese caso, estaríamos ante un monstruoso diccionario acumulativo como el Oxford English Dictionary en lengua inglesa (contando con hasta setecientas mil definiciones).

Pese a esta maravillosa cantidad de unidades lingüísticas representativas de ideas, la triste realidad es que el conocimiento de la inmensa mayoría de las personas se limita a un repertorio de unas exiguas y poco profundas palabras: una banalización que se trata de una puñalada atroz a la hermosura de la lengua. En este caso, la víctima es la lengua castellana, la cual, indudablemente junto al inglés y al francés, ha sido el idioma por excelencia de la humanidad. Otro aspecto que parece pasar inadvertido en la sociedad es la necesidad de trasladar la necesidad de la rigurosidad lingüística a todas las disciplinas del conocimiento, más allá de si estamos ante una rama científica o humanística. Y es que existen múltiples casos de intelectuales especializados en materias técnicas que se ven lastrados en sus carreras profesionales por desdeñar el lenguaje o, más genéricamente, las “letras”. Cerrarse en banda a un conocimiento es colocarse anteojeras y así lo atestigua la historia…

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Ligada a la semántica ya explicitada, se halla la gramática entendida como la conjunción de la morfología y la sintaxis: otro de los muchos campos del lenguaje apenas hilvanados en los temarios de primaria y secundaria. Y es que terminar el instituto sin haber analizado pormenorizadamente la obra y la vida de un clásico literato, asociar las archiconocidas funciones del lenguaje al lingüista Roman Jakobson o haber sido entrenado en el arte de la composición de ensayos debería ser delito. Análogamente, se podrían extraer muchas lagunas procedentes del currículo de otras asignaturas. Y sí, la falta de tiempo es notoria pero quizás se podría hacer algo más para frenar el extremo utilitarismo y dar rienda suelta al aprendizaje por mero goce. Por el regocijo de leer en tu lengua materna (o en una extranjera), por la plenitud satisfactoria que alcanza un estudiante de matemáticas cuando se las apaña para resolver un problema intrincado… por todo esto somos seres pensantes. Hoy ha tocado hacer un alegato para reivindicar la majestuosidad de la lengua, mañana un manifiesto para que la física disponga de más horas lectivas en el bachillerato. ¿Por qué no?

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