Quien hoy entra en la Pinada de Guardamar del Segura encuentra caminos bajo los pinos, zonas de sombra y un enorme corredor verde que prácticamente llega hasta el Mediterráneo. Cuesta imaginar que ese paisaje no siempre estuvo allí. A finales del siglo XIX, buena parte de este espacio era un enorme sistema de dunas móviles y la arena avanzaba hacia las huertas y las viviendas hasta convertirse en una amenaza para el municipio. La solución dio lugar a una de las transformaciones forestales más llamativas de la provincia de Alicante.
El problema había adquirido una dimensión considerable. El viento procedente del mar desplazaba continuamente la arena hacia el interior y la documentación turística de Guardamar señala que algunas dunas superaban los 20 metros de altura y podían avanzar hasta ocho metros en un año. El frente dunar amenazaba terrenos agrícolas y se aproximaba al casco urbano levantado después de los devastadores terremotos de 1829, que habían destruido la antigua villa situada junto al castillo.
Un proyecto para detener la arena
La respuesta comenzó oficialmente en 1897, cuando fue autorizado el Proyecto de Defensa y Repoblación de las Dunas de Guardamar. Al frente de los trabajos quedó el ingeniero de montes Francisco Mira y Botella, nacido en Aspe en 1863, que acabaría convirtiéndose en una figura inseparable de la historia contemporánea del municipio. Los trabajos de fijación y repoblación comenzaron alrededor de 1900 y se prolongaron durante unas tres décadas.
La operación fue mucho más compleja que plantar árboles sobre la arena. Primero había que conseguir que las dunas dejaran de desplazarse. La documentación conservada por la Universidad de Alicante describe la creación de una contraduna junto a la costa para frenar la arena impulsada por el viento y la utilización de barreras vegetales y plantaciones para inmovilizar progresivamente las dunas interiores. Después llegaron los viveros y la repoblación con distintas especies capaces de adaptarse a un terreno especialmente difícil.
Pinos, palmeras, cipreses y eucaliptos fueron colonizando un territorio que hasta entonces estaba dominado por la arena. Las fuentes turísticas municipales sitúan en más de 600.000 los ejemplares plantados durante aquella intervención. El resultado es el paisaje que hoy se identifica con la Pinada o Parque Alfonso XIII, una gran masa forestal asentada sobre el antiguo sistema dunar y extendida por alrededor de 800 hectáreas.
Francisco Mira, el ingeniero que cambió el paisaje de Guardamar
La figura de Francisco Mira adquirió tal importancia que Guardamar lo nombró hijo adoptivo. El ingeniero no solo dirigió la repoblación de las dunas de Guardamar y Elche, sino que también intervino posteriormente en la repoblación del monte Benacantil de Alicante. Su trabajo en Guardamar llegó incluso a atraer la atención de la Casa Real: Alfonso XIII visitó la repoblación en 1923, según recoge el Ayuntamiento.
Una parte de aquella historia puede conocerse todavía en la Casa Museo Ingeniero Mira, construida en 1906 y utilizada durante los trabajos forestales. El edificio albergaba tanto la residencia del ingeniero jefe como dependencias para los guardas encargados de coordinar y vigilar las plantaciones, e incluso disponía de una pequeña estación meteorológica. Actualmente conserva materiales relacionados con Mira y con aquella transformación del litoral.
De amenaza para el pueblo a uno de sus grandes símbolos
Más de un siglo después, resulta difícil separar Guardamar de su pinada. El actual Parque Alfonso XIII cuenta con más de ocho kilómetros de caminos para peatones y ciclistas y forma una franja verde entre el casco urbano, las dunas, el puerto y diferentes playas. El bosque que nació para solucionar un problema se ha convertido así en uno de los principales espacios naturales y de ocio del municipio.
Además, bajo esas mismas arenas se esconde una historia mucho más antigua. En el entorno se encuentran La Fonteta, asentamiento fenicio fechado entre los siglos VIII y VI antes de Cristo, y la Rábita Califal, un complejo religioso islámico de los siglos X y XI. La arena que durante siglos supuso una amenaza también contribuyó a preservar restos arqueológicos que permiten recorrer miles de años de historia en apenas unos kilómetros.
La propia memoria de la repoblación continúa formando parte de la identidad de Guardamar. La localidad mantiene la tradición de la Fiesta del Árbol, vinculada al trabajo forestal que consiguió fijar las dunas. Más allá de las cifras, la Pinada permite contemplar hoy algo poco habitual: un paisaje que parece completamente natural pero que es, en buena medida, el resultado de una actuación humana iniciada hace más de un siglo para evitar que la arena continuara avanzando sobre el pueblo.



