En el complejo y cambiante mundo de la agricultura, la gestión del riesgo es crucial para garantizar la sostenibilidad y rentabilidad de las explotaciones agrícolas. Una producción abundante es el objetivo de todo agricultor, pero para lograrlo, se libra una batalla continua contra las condiciones meteorológicas adversas, las plagas y enfermedades o la disponibilidad de agua.
Por desgracia, esta batalla es cada vez más complicada debido al cambio climático. Lejos de revertirse, el cambio climático está creando una “nueva normalidad” y es vital para los agricultores el adaptarse y prepararse ante las múltiples amenazas que pueden causar pérdidas de rendimiento.
La importancia de la gestión del riesgo en la agricultura
Dados los diversos factores medioambientales que entran en juego en la agricultura, esta actividad está intrínsecamente ligada al riesgo, ya que la mayoría de estos factores escapan al control del propio agricultor. Pese a ello, es posible prosperar en medio de este panorama si se comprenden y gestionan eficazmente estos riesgos. Con un plan proactivo, mitigar los efectos adversos y tener éxito a largo plazo es perfectamente posible.
Entre los riesgos a los que la agricultura se enfrenta encontramos diferentes clases. Los riesgos medioambientales están relacionados, entre otras cosas, con el calentamiento global, la erosión del suelo, la escasez de agua y la contaminación. En una línea similar están los riesgos de producción, como la escasez de lluvias debida a sequías, inundaciones, frío, brotes de plagas y enfermedades, etc. Ambas clases afectan directamente a la producción y se traduce en un menor rendimiento, productos de baja calidad y costes adicionales.
Los riesgos que afectan de forma indirecta a la producción están relacionados con el dinero y la economía: riesgos financieros y riesgos de mercado. Los primeros son potenciales problemas con el acceso a créditos y préstamos, las obligaciones de la deuda o un flujo de caja insuficiente. Los segundos hacen referencia a las fluctuaciones de los precios de los productos básicos o la volatilidad de la demanda. En estos casos, el problema para el agricultor es la disminución de la rentabilidad de la cosecha.
Gestión del riesgo meteorológico
La meteorología es uno de los factores que más afectan a la productividad agrícola, especialmente ahora que muchos eventos extremos suceden de forma más imprevisible. La gestión del riesgo meteorológico se basa principalmente en 3 principios.
Primero, la previsión meteorológica proporciona a los agricultores información precisa y oportuna sobre las condiciones meteorológicas que se avecinan, ayudando a tomar medidas preventivas que reduzcan el daño. Segundo, una planificación con diferentes cultivos tiene más posibilidades de éxito, ya que cada planta tiene una diferente tolerancia a cuestiones climáticas como la temperatura o la falta de agua. Y, por último, un buen seguro de las cosechas puede proteger a los agricultores contra las pérdidas financieras causadas por una pérdida de rendimiento directamente relacionadas con el clima.
Predicción del rendimiento de los cultivos
Para aliviar, en parte, los problemas asociados a la rentabilidad de los cultivos, los agricultores disponen de software especializado con el que obtener una predicción precisa del rendimiento. Una función como ésta proporciona un mejor entendimiento del mercado agrícola. Al estimar el rendimiento de un determinado cultivo a nivel regional o de país, es posible realizar cálculos estimados sobre el precio al que se pagará la cosecha y el precio al que se venderá dicho producto en el mercado.
De este modo, todos los agentes del sector pueden beneficiarse de esta información muy útil: los organismos gubernamentales pueden comprobar si la seguridad alimentaria está garantizada, los agricultores pueden analizar si sale a cuenta cultivar una determinada planta u otra y las compañías de alimentación locales pueden calcular los potenciales beneficios.
Gestión de plagas y enfermedades
Las plagas y enfermedades suponen una importante amenaza para el rendimiento de los cultivos, ya que una vez establecidas en el campo son difíciles de eliminar. Para conseguir minimizar, o incluso evitar, sus consecuencias, los agricultores deben implementar la gestión integrada de plagas (GIP), un enfoque completo que combina métodos biológicos, culturales, mecánicos y químicos.
Mediante técnicas de diversidad de cultivos, como rotación de cultivos o cultivos intercalados, y una monitorización continua que ayude en la detección precoz y una intervención rápida, los agricultores pueden interrumpir sus ciclos, evitando infestaciones y brotes de gran tamaño y reduciendo el uso de pesticidas químicos.
Gestión del agua y el suelo
Mantener la producción en el nivel más alto sólo es posible si las condiciones del suelo son ideales y la disponibilidad de agua de las plantas es adecuada. Para el suelo, un análisis en diferentes partes del campo puede dar una idea de los niveles de pH y del contenido de nutrientes, mejorando la aplicación de nutrientes para conseguir el nivel adecuado para las plantas.
En lo que respecta al agua, la escasez de agua en algunas regiones, sumada a la evapotranspiración, puede complicar el suministro. La adopción de sistemas de riego de precisión, como el riego por goteo, ayuda a reducir el desperdicio de agua y mantener el nivel de productividad de los cultivos.
Una gestión eficaz del riesgo es esencial para evitar pérdidas de rendimiento y mantener la productividad en el difícil panorama agrícola actual. Los últimos avances tecnológicos, como las herramientas usadas en la agricultura de precisión (imágenes de satélite, drones, maquinaria autónoma…) facilitan la reducción del riesgo y, al mismo tiempo, ayudan a optimizar las operaciones agrícolas. A medida que la gestión y la tecnología sigan avanzando e implementándose de forma generalizada en el sector, se conseguirá una mayor resistencia, sostenibilidad y rentabilidad en las actividades agrícolas.


